Estaban todas las entradas vendidas. Había ganas de salsa. Y Rubén Blades subió al escenario de Las Noches del botánico su gran maestría para recorrer, junto a la big band de Roberto Delgado, una pequeña parte de su legado musical, ese que arrancó, como él mismo se encargó anoche de recordar en Madrid, en Nueva York por allá de 1974.
Con América Latina presente durante todo el concierto, salpicando las menciones a diferentes lugares y a tantas realidades, el suelo parecía retumbar cada vez que mencionó Venezuela. Hizo un primer bloque en el que quiso mostrar sus canciones más comprometidas, esas que llevaron a García Márquez a decir que era más cronista que músico, como quiso recordar anoche en Madrid. Tras Plástico abordó País portátil, de la que recordó su plena vigencia a pesar de haber sido escrita en 2009, El padre Antonio y el monaguillo Andrés, sobre el asesinato de Óscar Arnulfo Romero, monseñor Romero, durante la guerra civil de El Salvador.
Canción tras canción, el maestro Blades se esforzaba por contar de dónde vienen sus historias, con quien las grabó, cuándo y casi también el contexto en el que fueron escritas. Con una big band con un sonido impecable, compuesta por dos teclados, una sección de ritmos que además de batería incluía congas y timbal y una deslumbrante sección de metales el público no quería ni podía contener el movimiento. Entusiasmados, los asistentes trataban de bailar en el limitado espacio del que disponían, pero apenas lograban moverse. La grada VIP, como contraste, permitía a alguna pareja animada mostrar lo provechoso de sus clases de salsa. Como fuera, Blades podría haber pasado el concierto en un inmerso karaoke de haberlo decidido así. Imposible no renDirse ante la calidad de los músicos, de las canciones, de las letras, del humor del que hacía gala el maestro entre canción y canción.
Rubén Blades durante su concierto en las Noches del Botánico de Madrid junto a la ‘Roberto Delgado Big Band’, en el marco de su ‘Salswing Tour’.